Sábado 7 noviembre 2009 6 07 /11 /2009 12:11
Sonaron las campanas. (l)

Yo estaba cursando segundo año del secundario, cuándo una fría mañana invernal, apareció mi madre en el colegio.
   Tanto las paredes de los salones cómo la de la oficina de preceptoría eran de material concreto hasta la mitad y de ahí hasta el techo terminaba en grandes ventanales de vidrio.
   De la sala de preceptoría se veía cómodamente a los profesores explicando su materia  y a los alumnos
sentados atendiendo la clase y viseversa.
   Desde allí  vi a mi madre charlando con la preceptora y sus caras serias empezaron a intranquilizarme.
La preceptora se dirigio hasta nuestra aula y después de pedir permiso me dijo:
-Sonybel guarda tus cosas que vinieron a buscarte-
Mientras guardaba mis útiles en la mochila  ayudada por mi compañera de banco, escuché que le decía al profesor por lo bajo:
-Se retira del establecimiento por un caso de fuerza mayor.....-
Lo que siguió se hizo imperceptible para mis oidos al bajar aún más la voz a un tono de suave murmullo.
   Cuándo cruce el pasillo ví que mis dos hermanos menores, qué también cursaban en el mismo edificio, pero
en el sector primaria ya estabán reunidos con mi madre.
 Rápidamente mi madre me explico que mi abuela paterna había fallecido de un infarto súbito.
    El viaje en auto hasta la casa transcurrio en un largo y abrumador silencio.
   En el círculo más íntimo de la familia nunca se habían producido muertes tán próximos al sentimiento.
Por lo menos parecía que todos gozaban de buena salud hasta que la muerte se presento cómo un hacházo.
Más tarde o más temprano el tema había que charlarlo. Era un  tema no hablado y conocer la muerte fué tán
súbito cómo el deceso de mi abuela.
Cómo acto de consuelo qué se daban en el sepelio sus hijos y familiares ,era que por suerte los hijos ya estabán
grandes y  casados  y ella que había enviudado muy jovén había disfrutado de una vejez sana, acompañada de
la familia y el cariño de sus nietos.
    Después de los  funerales la caravana de autos oscuros  encaminó hacía el cementerio,dónde se ofició la
ceremonia religiosa  y el acto de sepultura.
   A pesar de la gran helada que cayo a la madrugada, el sol salio brillando muy  fuerte, tal vez para alumbrar
un poco más ese triste día o tal vez  para darnos caricias de calor a nuestras doloridas  almas.
                                                                                                                                                                                                   Beatriz Else
Por beatriz else - Publicado en: CUENTOS CORTOS
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